5.- APRESADO

 

 

Llevo tres días en esta sucia y fría celda. Están esperando a la inminente llegada de una fuerte escolta para llevarme a la inmunda presencia del senescal, quien está sumamente complacido por mi captura y arde en deseos de poder exhibirme ante la ciudadanía para demostrar su poder. Seguramente ha planificado un espectáculo público infame, en el que mi brutal ejecución será empleada como una ejemplar advertencia para aquellos que osen desafiar los mandatos del imperio, y así atajar el clima de sublevación que se respira últimamente, infundido por mí y por otros individuos que, siguiendo mi ejemplo, se han echado a los montes en idéntica labor a la mía, aunque sus logros no son tan notorios como los alcanzados por el peligroso Lobo Solitario.

Por fin ha llegado la escolta, y un grupo de diez soldados armados hasta los dientes entra en mi celda, atándome de pies y manos con una gruesa cuerda y nudos fuertemente apretados. Cualquier precaución es poca cuando se trata de alguien de mi peligrosidad, les entiendo perfectamente. Entre cuatro de ellos me cogen en andas y me depositan sobre un lento mulo de carga. Está bien pensado, si por algún casual lograse despojarme de mis ligaduras no podría ir muy lejos a lomos de este animal, sobrado de fuerza pero muy escaso en velocidad.

Así, como si fuera un saco, con la cabeza colgando por un costado del mulo y las piernas por el otro flanco, iniciamos el viaje. La comitiva se dispone en hilera, yendo diez hombres por delante y otros tantos secundando los pasos de mi involuntaria montura. Para un individuo cualquiera, esta situación no tendría alternativa posible. Pero yo no soy un mortal común, ni un aldeano asustado ni un soldado herido. Yo soy el temido Lobo Solitario, y mis solas manos ya son armas más peligrosas que las esgrimidas por quienes me custodian.

Las primeras horas de marcha han de transcurrir sin anomalías; aprovecho para dormir un poco, labor costosa con el contoneo que la osamenta del mulo produce al caminar, pero a pesar de este pequeño inconveniente logro conciliar el sueño. Cuando lleguemos al atardecer a la linde del bosque he de tener mis energías a pleno nivel si quiero que mi plan resulte con éxito. Gracias a los dioses, las heridas producidas en la emboscada están perfectamente curadas y cicatrizadas. Fuerte y descansado, es posible lograr la victoria.

Me despiertan bruscamente, con el sol en mitad de su trayectoria; han decidido parar para comer. La bazofia que el joven imberbe me sirve a la boca es repugnante como pocas veces antes había probado, pero me guardo mi orgullo y trago como si en la vida hubiese probado manjar más exquisito, ante el estupor de mis custodios. Una vez finalizado tan peculiar banquete, me vuelven a depositar sobre el mulo y reanudamos el camino.

Las largas horas de marcha transcurridas, la ausencia de movimientos o forcejeos por mi parte, el calor del ambiente y la comida reciente danzando en los estómagos comienzan a provocar el efecto esperado. La fatiga, ligera todavía, muestra sus rasgos en los soldados, y ya no ponen tanto celo en mi persona. Algunos, de hecho, se han agrupado en parejas o tríos y hablan sobre banalidades, juergas, borracheras o mujeres. He aquí el punto donde se halla la piedra angular de mi plan: su distracción. Mis muñecas empiezan una sucesión de leves y costosos movimientos. Es una labor tediosa, dolorosa y cansina, pero poco a poco muestra sus frutos: la soga que me maniata se afloja gradualmente. Si ahora mismo lo quisiera, podría librarme de ella, pero sería como tirar piedras sobre mi propio tejado; he de aguardar la llegada del momento propicio, que no es otro que alcanzar el camino del bosque. Tampoco quiero que quede demasiado destensada, no sea que resbale con un movimiento brusco y mi plan quede de manifiesto, dejándome vendido. A este ritmo, aún tardaremos un par de horas más en alcanzar el bosque, pero no intentaré dormir, no sea que mi ocasión pase inútilmente. Pero no he de aparentar impaciencia, así que simularé caer en un profundo sueño.

A través de mis párpados entrecerrados, consigo discernir las siluetas de los gruesos troncos de los árboles, robles para más detalle, que indican el comienzo del bosque. Es el momento de echar el resto e ir a por todas. Justo en el instante en el que todo el grupo ha entrado en el sendero entre el arbolado, me dejo resbalar de la grupa de mi montura, soltando un quejido que, por un momento, temo que resulte demasiado falso, pero o soy muy buen actor o estos individuos son muy tontos, y no dan muestras de alarma ante mi caída; más bien el efecto es totalmente el contrario, ya que irrumpen en sonoras carcajadas.

El líder de la expedición ordena a dos de ellos que me vuelvan a instalar en mi puesto, y ponen pie en tierra para cumplir el mandato. Pero cuando me han incorporado del suelo, y antes de que intenten alzarme sobre el lomo del mulo, saco mis manos de su prisión con un hábil gesto, y mientras una atenaza el cuello del de mi derecha con una asfixiante presa, la otra tumba a su compañero con un potente y seco puñetazo, quien cae como si fuese un saco. Los primeros gritos de alarma suenan entre las ramas, a la vez que termino de apretar el cuello, rompiéndolo como si de un huevo se tratase, y me hago con su espada y su daga antes de tirar el cadáver reciente a un lado. He de actuar deprisa, puesto que el resto del grupo se lanza ya sobre mí, pero doy gracias a los dioses por conservar mi sangre fría, y un rápido y certero tajo con mi recién adquirida espada libera mis tobillos.

Noto cómo se tensan los músculos de mi cara, y veo el efecto que mi macabra sonrisa produce en los rostros de mis enemigos; la confianza ha dejado paso al temor, e intentan frenar su recién iniciada carrera. Pero es tarde, y el Lobo Solitario lanza un gutural aullido al aire, como dando la bienvenida a la noche que se aproxima, y esgrime sus dientes; el brillo de mi espada centellea mientras los cuellos y pechos de los torpes soldados que me transportaban sienten su letal filo, acompañado en su baile por un cuchillo que no se cansa de perforar costillas. En pocos minutos, la carnicería se ha consumado; sólo queda en pie el cabecilla, quien no aparenta la misma arrogancia de hace unas horas. Llorando como un chiquillo, se arrodilla delante de mí implorando clemencia; por cortesía, le ofrezco más piedad por mi parte de la que habrá mostrado con ancianos, mujeres y niños de las aldeas saqueadas bajo sus órdenes, al torturarlos y asesinarlos sin miramiento alguno. Su muerte instantánea no se corresponde con todo el dolor que ha causado con su vandalismo institucionalizado, pero al menos he eliminado a otro mal nacido.

Con gran prisa, reagrupo a todos los caballos y a mi viejo conocido, el mulo, y uniendo sus bridas con una larga cuerda emprendo el camino de retorno al pueblo donde fui capturado a la máxima velocidad que el animal más lento me permite imprimir a la manada.

La noche está ya avanzada cuando hago acto de presencia en la taberna, poseído por una furia que a duras penas puedo contener. Como contemplara días atrás, el traidor sigue derrochando el oro fruto de su delación a espuertas sobre la barra, convidando a todos los aduladores concentrados a su alrededor. Pero ahora le cuesta bastante menos trabajo reconocerme, pese a la capa de sangre seca que cubre mi torso desnudo, y su alegría se torna en una mueca de desolación. Abre la boca para llamar a la guardia, pero ningún sonido articulado consigue abandonar su garganta, ahora atravesada por un puñal, el mío, que ha surcado la distancia entre ambos tan raudo como certero. Su séquito se aparta, mientras el cuerpo sin vida se abalanza de bruces contra las ajadas tablas que componen el suelo.

Si alguno de ellos tenía intención de reaccionar en mi contra, esconde sus propósitos al darse cuenta de que el resto de hombres presentes les rodean rápidamente, increpándoles por haber vendido su alma al invasor en contra de su propia gente. Su rendición incondicional les ahorra un linchamiento que cualquier atisbo de ataque hubiese provocado.

Varios vecinos se me aproximan, ofreciéndome un trago aceptado de buen gusto. Uno de ellos porta el clásico adorno que distingue a los integrantes del gremio de la ganadería, y le ofrezco todos mis nuevos caballos más el mulo a cambio de su mejor semental. Con agrado, recibo una grata respuesta: gratis me lo daría, y me insta a acompañarle para elegirlo ahora mismo. Con una sonrisa, le pido que me conceda unos pocos minutos; hay una guarnición acuartelada a la que debo dispensar un tratamiento urgente.

Los soldados, más borrachos que otra cosa, ven desde su alojamiento a una turba que se acerca amenazante, pero sólo elevan sus chillidos hacia el oscuro cielo de la noche cuando distinguen a la figura que les precede. El vendaval desatado del Lobo Solitario.

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~ por Sir Worth en 1 febrero, 2008.

4 comentarios to “5.- APRESADO”

  1. Jooooo, solo quedan dos partes de Lobo Solitario…¿habrá segunda parte?
    Oye, que si no te leo luego, brinca y grita mucho en el concierto de los Inner, mima a tu abuelo y cuidadín en la carretera a Toledo, y recuerda, las curvas son curvas y no rectas ;P
    Disfruta del finde y que el dolor de cabeza no te acompañe.

  2. Bueno, en principio no hay prevista continuación, pero nunca se sabe; cuando escribí "Entre la bruma" tampoco la había, y ya ves hasta dónde está llegando la saga, pasando por "Caminando a tientas" hasta llegar al "Lobo".
     
    Pese al dolor de cabeza, haré todo lo que dices; y descuida, sabes que soy precavido al volante,…

  3. Amigo Sir. Seguimos espectantes  a las aventuras de tu álter ego Lobo Solitario.Gran relato, compañero.

  4. Viniendo de quien viene, es todo un halago y un cumplido, James.
     
    Anda que no tengo ganas de ver cómo continúa Mustang, llevo demasiado tiempo sin poder leerlo…

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