4.- EN LA BOCA DEL LOBO

 

 

El motivo de haber venido a esta aldea es su fama de criar a los mejores caballos del país; ejemplares de pura raza montañesa, grandes, fuertes, vigorosos, ideales para el combate. No son un simple medio de transporte, sino que un buen potro con músculos pesados, potentes y explosivos se transforma entre mis piernas en un arma tan mortífera como mi propia espada. Muchos de los cadáveres que he dejado atrás a mi paso han cruzado la frontera de la vida gracias a mi desparecida montura, y si he salido airoso de situaciones complicadas ha sido gracias a mi llorado amigo. Sin un sustituto adecuado, no tardaría demasiado en caer muerto o prisionero.

Así que aquí me hallo, tomando en la taberna un trago de un aguardiente tan fuerte como repugnante es su sabor, mientras espero a que haga acto de presencia alguno de los afamados criadores. Mi disfraz de pastor mantiene en secreto mi verdadera identidad, a resguardo de las miradas de los muchos soldados que rondan el lugar. Y en mi zurrón, bajo un pedazo de queso y un mendrugo de pan, escondido entre ovillos de lana virgen, accesorios que dan a mi atuendo una total credibilidad, llevo oculta la bolsa conteniendo el oro sustraído a las víctimas de mis últimos ataques. No es una fortuna, pero más que suficiente como para hacerme con el mejor ejemplar de los establos.

Pido con un gruñido una nueva copa; aún no ha aparecido ningún tratante de ganado, y he de hacer tiempo de una manera convincente. Si permaneciera demasiado rato sin hacer nada, quizás algún guardia sospecharía y me vería descubierto. Y ese lujo no me lo puedo permitir; he dejado mis armas, mi coleto de cuero y mis ropas habituales en la chabola del pastor que me ha prestado estas prendas, deseoso de contribuir con su humilde vestuario en mi causa. Ni siquiera un mísero cuchillo; un pastor portando cualquier arma o atuendo guerrero llamaría demasiado la atención y echaría al traste mi objetivo y, por ende, mi propia vida.

Un repentino jaleo entrando por la puerta de la cantina me saca de mis pensamientos; un grupo relativamente numeroso de individuos ha llegado con gran estruendo en sus cánticos y modales, pidiendo una generosa ronda de bebidas poco asequibles a los modestos bolsillos del resto de parroquianos del lugar. Con estupor, y conteniendo a duras penas mi rabia, reconozco en el individuo que deposita varias piezas de oro sobre la barra al alcalde del pueblo donde me tendieron la emboscada. No cabe duda, él fue quién me delató, sus monedas llevan la marca de la recompensa prometida.

Mas el reconocimiento ha sido recíproco; mi disfraz ha sido descubierto, y mientras me señala con su dedo grita con todas sus fuerzas quién soy, dando la voz de alarma a los soldados del exterior, quienes no tardan en hacer acto de presencia y rodearme.

No soy un cobarde, y pese a estar desarmado les planto cara. Aún con las manos desnudas soy un enemigo terrible, y no tardo en recordárselo. Consigo tumbar a tres de ellos, pero uno alcanza a colarse tras la barra y salta arteramente sobre mi espalda. El repentino y agudo dolor que siento en mi cabeza no puede tener otro origen que un buen golpe con el pomo de su espada. Mientras noto cómo mis rodillas ceden bajo mi peso y mis ojos se nublan, volviéndose todo negro paulatinamente, lo último que consigo ver antes de perder el conocimiento es la sonrisa en la cara del traidor.

 

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~ por Sir Worth en 31 enero, 2008.

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