3.- DOLOROSA DESPEDIDA

 

 

El escondido remanso del arroyo de cristalinas aguas donde me encuentro es verdaderamente idílico. La quietud del lugar apacigua un tanto mi alma, mientras aprovecho el momento para lavar y restañar las heridas sufridas durante mi última escaramuza.

Me han tendido una emboscada a la salida del último pueblo que he visitado; a punto he estado de resultar atrapado. Pese a mi destreza y fuerza, no he podido liquidarlos sin salir ileso, y alguno de los cortes es profundo. Gracias a los dioses, ninguno es demasiado grave; aún así, he de guardar reposo unos días o las heridas se volverán a abrir, y mi destino no es morir desangrado mientras camino, sino triunfar frente al enemigo o morir en sus manos empuñando mi espada, llevándome por delante a tantos como pueda antes de expirar mi último aliento.

Mi bravo caballo también ha salido perjudicado; una pata rota y una honda lanzada en el costillar. Puede que en otro tiempo y lugar contase con medios para sanarle y devolverle a su plenitud; pero lo único que le puedo ofrecer ahora mismo es acortar su agonía. Amigo mío, lloraré tu marcha; esto me va a doler tanto o más que a ti, mi fiel compañero. Intentaré que sea lo más rápido posible, no quiero prolongar ni agudizar tu sufrimiento. Ya está hecho; descansa en paz, camarada.

Podría aprovechar su carne para alimentarme, pero prefiero enterrarle y honrarle como al gran guerrero que ha demostrado ser a lo largo de la contienda. Tanto su potente naturaleza como su intenso entrenamiento han sido vitales aliados en mi lucha, y si a alguien debo el continuar aún de pie sobre la tierra es a este magnífico cuerpo abatido, cuyos tendones y músculos no volverán a anunciar con la furia del trueno en sus cascos la muerte a mis adversarios.

Con no poco dolor y lágrimas nublando mis ojos, le doy sepultura entre las rocas de la orilla. Dios, le apreciaba de verdad, no sólo por sus excepcionales condiciones sino por su incondicional compañía. Me dirigía a él como a un igual, un hermano de armas, y como a una persona querida le hablaba a pesar de que su respuesta fuese muda. Ahora, más que nunca, soy un lobo solitario.

Mientras me distraigo pescando un salmón que remonta el arroyo, con no poco dolor de mis heridas, mis pensamientos retornan una y otra vez a la encerrona. Ha tenido que ser algún ambicioso vecino del pueblo quien haya puesto sobre aviso de mi presencia a los destacamentos cercanos, codiciando la suculenta recompensa prometida. La cantidad de monedas ofrecida sólo por indicar mi paradero es más que suficiente para permitir vivir al delator con lujo durante una buena temporada, aunque a buen seguro estará lamentando no recibir la totalidad de la recompensa al no haber sido capturado. Que disfrute mientras pueda; tarde o temprano, averiguaré su identidad y saldaremos cuentas. Lo juro sobre la tumba de mi amigo, vertiendo unas gotas de mi sangre, sangre de mis heridas, heridas que sólo se cerrarán del todo cuando el aliento de ese miserable deje de contaminar el aire puro de mi pueblo. Lo juro.

 

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~ por Sir Worth en 30 enero, 2008.

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