INSTITUTO

Bien, creo que ya lo tengo todo preparado; no obstante, no está de más hacer un último repaso, por cualquier cabo sin atar oculto bajo un mero descuido o dejado de lado al permitir que la cercanía de la culminación de mis planes me arrebate la serenidad necesaria para no abandonar ningún detalle en manos de la suerte…

Llegaré al instituto media hora antes del inicio de las clases; no conviene salirse del patrón rutinario al que les tengo acostumbrados, he de evitar cualquier indicio de sospecha. Sí, media hora antes de sonar el timbre mis pasos arrastrados me llevarán frente a la puerta. Pasaré delante del grupito de chulos hijos de puta de Ray y compañía, y aguantaré por última vez sus burlas, insultos y humillaciones sin que un solo parpadeo se salga de lo usual. Tampoco haré caso a las risitas histriónicas de la pandilla de Beverly, Suzzie y las otras; sus miradas de “estoy viendo a un tío raro, fíjate qué pedazo de friki” o sus falsas insinuaciones para mantener sexo conmigo no me harán mella. Esta vez no.

Si el bedel, el simpático señor Hawkings, se encuentra en los aledaños del campo de baloncesto, le saludaré y le preguntaré por el partido de los Lakers de esta noche; seguro que lo ve, es un hincha apasionado del deporte y del equipo angelino sobre todas las cosas; eso me dará varios minutos de cobertura hasta la llegada de traspasar, junto con el resto de borregos, el hueco separador entre el mundo exterior y este supuesto templo del saber, convertido por todos esos vándalos en un espacio consagrado a los valores estéticos, a situarte en la élite, a agachar la cabeza frente a los líderes del ranking de popularidad y hacer la existencia imposible a los de los peldaños inferiores en el escalafón,… y, por ende, a mi, Richard Gambling, el que no supera las pruebas de Gimnasia, no se quita el acné del rostro a pesar de estar muy cerca de los dieciocho, no habla de cosas molonas como los demás, no liga por ser tan feo,… No, no soy como ellos, me lo han dejado clarísimo en infinitas ocasiones; y al distinto se le pasa por el filo de la cuchilla, no se hace intento alguno por entenderle y acercar posiciones. Es mejor machacarle con bromas pesadas, palizas, humillaciones públicas o algo por el estilo.

Una vez en el pasillo, me dirigiré raudo como una centella hasta mi aula, ni siquiera me detendré en mi taquilla para dejar la mochila o la chaqueta. Ambas son imprescindibles a mi vera, pues ocultarán mi arsenal; tanto da que alguien se fije en todo lo que lleve encima en ese instante, pues será tarde para todos.

En cuanto la señorita Murphy haga acto de presencia y cierre la puerta tras su enorme trasero, me pondré en pie con la Uzi que llevaré en la funda sobaquera y le meteré un cargador de plomo enterito en su maloliente organismo; su recompensa por permitir a Ricky Lawrence meterse conmigo sin parar en medio de las horas lectivas. Después, el propio Ricky caerá sin haber tenido la oportunidad de mearse en sus pantalones y llorar como una niña por su vida. Entonces echaré a andar hacia la puerta, sin dejar de disparar a todos los que pueda pero sin elegir y sin detenerme; Ray y Beverly no han de disponer de los segundos precisos para escapar de la clase de al lado sin recibir su merecido. Cuando mis botas dejen sus huellas sobre sus rostros sin expresión, mi destino será el despacho del director Emerson; todos los que encuentre recibirán una pequeña parte de mi mercancía. Cuando el honorable y respetado James “The Cock” Emerson halla soltado amarras hacia el infierno, me lanzaré como un poseso a por todos, indiscriminadamente; tanto dará uno que otro. Todos lo han ganado, bien por su contribución activa o pasiva; nunca nadie me ha arrimado el hombro durante o tras una tropelía. Sólo espero disponer de las suficientes balas para acabar con esos gusanos hasta la llegada de la policía; sí, su aparición será inevitable, seguro que alguno consigue avisarlos. Y cuando oiga sus voces por los megáfonos, como en las películas, ya decidiré cómo continuar la escena.

Perfecto; ya están todos los utensilios y herramientas necesarias para materializar mi plan dispuestos en la mochila. Mi padre no echará de menos ni su Uzi ni los cargadores hasta que vea la noticia en el informativo; en el fondo, tener un progenitor pro-paramilitar va a ser una ventaja.

Ahora, a dormir; mañana he de estar más fresco y descansado que nunca. Los clásicos ya dijeron en su momento que la historia se escribe con sangre, y mañana dispondré de suficiente tinta como para rellenar varias páginas.

El despertador no ha llegado a sonar; llevo despierto desde unos cuantos minutos antes, como si mi propio organismo hubiese activado los ocultos engranajes de un sincronizado mecanismo propio, y he desconectado su abominable sonido antes de concederle audiencia para su última actuación dirigida a mí. Meo un buen chorro, amarillo y calentorro, aprovechando la mano libre para quitarme la bolilla de pelusa formada con nocturnidad en mi ombligo, esa cicatriz que me recuerda a mi madre, desconocida para mí porque los rigores del parto le premiaron su esfuerzo con un billete al otro barrio. Puede que hoy mismo consiga encontrarme con ella, si la policía está dispuesta a echarme un cable o si mi mano no tiembla en el momento debido.

Me visto, sin molestarme siquiera en asearme; en la cárcel o en la funeraria me van a limpiar igualmente, ¿para qué molestarme en gastar inútilmente energía, a pesar de ser tan poca la necesaria para darme un aspecto socialmente aceptable? Tampoco escojo ropa limpia, la de ayer se adapta a la perfección a mi plan; así, los rastros de la sangre caída ayer a la tarde de mi boca, gracias a la inestimable ayuda de Ray, o más bien de su duro puño derecho, me darán un cierto aire de derrota encubierta, cuando lo que atronará por todos los rincones del mundo será mi éxito. Mi victoria dará mucho de qué hablar.

Ya estoy en la calle; mejor iré en bici, así me costará menos transportar hasta el instituto mi pesado secreto. Nunca he sido un prodigio físico, y si llego cansado al punto de destino y origen mis probabilidades de éxito disminuirán en gran parte. Sí, pedaleando suavemente avanzo a un ritmo satisfactorio sin mermar mis energías. Además, no hay casi tráfico; es extraño para la hora que es, pero me viene que ni pintado; no tengo que andar pendiente de todos esos coches que podrían atropellarme.

El freno delantero chirría al frenar; la zapata se está desgastando. Qué pena que no tenga tiempo para cambiarla, la bici es buena y no se ha ganado un abandono así; pero, como en las guerras, se puede considerar como una víctima colateral. Bueno, la dejo aquí, apoyada en una de las ranuras instaladas para aparcar estos vehículos a tracción animal, y la ato con el candado. Aunque, ahora que lo pienso, menuda tontería candarla; ¿qué más me dará si ha desaparecido dentro de un par de horas? Vale, alguien se encargará de soltarla cuando el óxido la esté carcomiendo.

Se me antoja muy extraño no ver a nadie, ni alumnos, ni maestros, ni siquiera el señor Hawkings rastrillando las hojas muertas caídas sobre el césped o el patio. Compruebo la hora en mi Casio digital; quedan veinte minutos para la hora de entrada, con lo que no es que haya madrugado demasiado o haya llegado demasiado tarde. ¿Estaré dormido?

Un claxon a mis espaldas me sobresalta, menudo susto me ha dado; me giro hacia el vehículo que ha profanado el silencio imperante en el aire matinal, y veo a Doug, el amigo de mi padre, vestido de uniforme en su viejo Cadillac Eldorado. ¡No! ¡No puede ser!

Le devuelvo el saludo con la mano, y me acerco a mi bici. Voy corriendo las ruletas hasta que el número encerrado en sus engranajes libera los dos extremos de la “cadena con candado Richman”, y la enrollo.

Vaya suerte la mía; Doug trabaja de vigilante en la planta de “Winters & Co” de las afueras, en el turno diurno de fin de semana. Tantas ganas de llevar a buen puerto mis ansias de venganza me han hecho olvidarme de que hoy es sábado; creo que el puñetazo de ayer me hizo hervir tanto la sangre que he perdido la noción del tiempo.

Bueno, pues me vuelvo a casa; nada más llegar cambiaré la zapata del freno, no sea que tenga un accidente…

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~ por Sir Worth en 8 enero, 2008.

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